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María Félix escogió el día 8 de abril para hacerse inolvidable

María Félix escogió el día 8 de abril para hacerse inolvidable
María Félix escogió el día 8 de abril para hacerse inolvidable

Hay seres que no mueren, simplemente deciden que ya han visto suficiente.

María de los Ángeles Félix Güereña fue una de esas excepciones. La "Diva de México", la mujer de la mirada de acero y la elegancia que cortaba el aire, nació un 8 de abril de 1914 en Álamos, Sonora. Y como si se tratara de la escena final de una de sus grandes películas, decidió que ese mismo número en el calendario, pero de 2002, sería el momento perfecto para marcharse de este mundo mientras dormía, justo cuando cumplía 88 años.

Nadie más que ella podía tener tal dominio sobre su propio destino: nacer y morir bajo el mismo sol, cerrando un círculo de gloria que nadie ha podido volver a trazar.

Un alma imposible de domar

María no fue solo una actriz; fue un mito que caminaba. Desde que debutó en "El Peñón de las Ánimas", dejó claro que ella no era la "damisela en apuros" del cine de oro mexicano. Su belleza era un arma, y su carácter, un escudo. Dicen que no actuaba de mujer altiva, sino que simplemente permitía que la cámara capturara su esencia.

Se casó con el genio Agustín Lara, quien le regaló el himno de "María Bonita", y con el gran Jorge Negrete, pero ningún hombre, por más poderoso que fuera, pudo jamás decir que la poseía. "Yo no soy una mujer de segunda mesa", solía decir con esa voz ronca que hacía temblar a los directores. María Félix era un volcán que solo se permitía entrar en erupción bajo sus propias reglas.

El adiós de la Doña

Su paso por Francia, Italia y España la consagró como una figura internacional, pero ella siempre volvía a su México, a sus joyas de Cartier en forma de cocodrilo y a su altivez legendaria. Aquella mañana de abril de 2002, cuando la noticia de su partida inundó los diarios, el mundo sintió que se apagaba la última gran hoguera de la época de oro.

Se fue un 8 de abril, el día de su santo, el día de su origen. Se marchó invicta, sin que la vejez se atreviera a arrebatarle la dignidad y con el misterio de quien sabe que, después de ella, el molde se rompió para siempre. Hoy la recordamos no con tristeza, sino con esa nostalgia que se siente por las leyendas que fueron libres, hermosas y, sobre todo, imposibles de domar.

JC