El regreso más esperado en la historia de las artes marciales mixtas terminó mutando en una auténtica pesadilla médica. El peleador irlandés Conor McGregor confirmó a través de sus redes sociales que deberá pasar por el quirófano tras sufrir una rotura del ligamento cruzado anterior en su rodilla derecha, una grave lesión que detuvo abruptamente su combate frente a Max Holloway a los pocos segundos de iniciar.
La fatalidad golpeó a "The Notorious" en la primera acción del pleito, al ejecutar una patada en salto de tijera. El impacto dejó atónito a Holloway y congeló a los miles de fanáticos que presenciaban el evento. Apenas dos días después del doloroso desenlace, McGregor utilizó su cuenta de Instagram para detallar los pasos de su porvenir: “Cirugía. Rehabilitación preoperatoria. Volver a entrenar artes marciales. Intentarlo de nuevo. La última pelea del contrato. Si Dios quiere”, sentenció de forma directa.
Más allá del contundente parte médico, la publicación del excampeón de la UFC desveló una profunda transformación personal. Tras dejar atrás una etapa oscura marcada por excesos, adicciones y recurrentes problemas con la justicia, el de Dublín se ha refugiado por completo en la fe y la religión para encarar este nuevo bache físico, repitiendo el refugio espiritual que ya buscó cuando se fracturó la tibia ante Dustin Poirier hace un lustro.
“Mi fe es incondicional y estoy agradecido de poder demostrarlo. Los cambios en mi estilo de vida son permanentes. Estoy en la ciudad del pecado y sigo completamente alejado del pecado”, reflexionó el peleador, quien se mostró firme en su propósito de sanar adecuadamente para cumplir la última pelea que le resta en su vinculación contractual con la compañía de Dana White.
Con el apoyo de su familia y un discurso cargado de misticismo, McGregor asume este largo proceso de recuperación no como una víctima, sino como un obstáculo más a superar antes del capítulo final de su trayectoria en el octágono.
Noticia al Día
