¿Qué es realmente la inteligencia? Esta es la pregunta que desde el año 2020 obsesiona a Miguel Romero, un médico cirujano oriundo de Coro, egresado de la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda (UNEFM), él de 34 años que, desde espacios académicos y universidades latinoamericanas y españolas desde Alemania, decidió enfrentarse a los gigantes de la psicología, la filosofía, la biología y la antropología. Para este investigador venezolano, la respuesta estándar que la ciencia ha dado durante el último siglo y medio está profundamente equivocada.
"Tenemos aproximadamente siglo y medio midiendo muy mal la inteligencia", afirma Romero con contundencia. Según explica, las pruebas tradicionales de Coeficiente Intelectual (CI), como el test de Wechsler, sufren de un reduccionismo lógico-espacial que limita el potencial humano a resolver acertijos con figuras o matemáticas en un escritorio controlado, ignorando la vida cotidiana.
Romero ejemplifica este vacío con las personas que poseen el Síndrome de Savant (los llamados "sabios" o calculadoras humanas): "Esas personas tienen 140 o 150 de coeficiente intelectual, pero si les pides que se paren en un escenario a recitar un poema, no pueden hacerlo.
¿Por eso dejan de ser inteligentes? Hay chicos cuyo brillantez se expresa en la conducta, en el aprendizaje acelerado y en las interacciones cotidianas y culturales, la inteligencia está codeterminada por el repertorio conductual aprendido y previamente reforzado" .

Frente a esta crítica, Romero diseñó en 2024 su propio modelo científico y bautizó a su prueba como MinervaC1. Este dispositivo, que ya forma parte de sus publicaciones académicas, su trabajo de Máster y que proyecta como su futura tesis de Doctorado en Neurociencia, integra pruebas de análisis controlado, conductas sociales e inteligencia ecológica para medir la velocidad de adaptación. "Si a mí me determina un alto nivel de inteligencia, no significa que voy a tocar como Mozart de inmediato si nunca he tocado un piano. Pero si me dan un plazo de 15 o 20 días, probablemente ya lo toque porque tengo un aprendizaje mucho más acelerado. Para eso es la inteligencia: para resolver problemas en la contingencia del día a día" , aclara.

Hoy, mientras el test MinervaC1 se discute en tribunas de prestigio internacional como el Instituto Max Planck o la Universidad de Granda, el destino se encargaría de demostrar que la teoría de Romero sobre "la contingencia y los problemas de la vida real" no se quedaría encerrada en un laboratorio europeo. Estaba a punto de enfrentar su prueba más dantesca en el propio suelo venezolano.
Una ruta improvisada: El equipo que nació en un autobús
"Primero que neurocientífico, primero que médico y primero que doctor, soy venezolano", sostiene Romero. Con esa premisa, el investigador dejó de lado sus ocupaciones y apuntó sus ganas y su lucha a ayudar al país ante la reciente emergencia sísmica. Armado solo con un morral, su tensiómetro, saturómetro, estetoscopio y ORL, se dispuso a demostrar que la inteligencia real se mide en la capacidad de actuar en medio del colapso.
Su travesía comenzó sin una logística armada ni recursos financieros disponibles debido a su reciente estatus migratorio en el exterior (donde pasaron dos años difíciles bajo asilo y luego una estancia por cualificación). Al abordar un autobús saliendo de Coro con destino a Morón (Falcón), el destino lo cruzó con Jhoiner Fernández, Reiker Ramírez, Lisbeth Bohórquez y Danymar Calles, estudiantes de medicina de la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda (UNEFM).

Ante la urgencia de la catástrofe, el grupo de pasajeros se transformó en un equipo sanitario de élite que recorrió Boca de Aroa, Urama y Valencia atendiendo de forma itinerante crisis hipertensivas y descompensaciones. "Los conocí en un autobús y terminaron siendo mi equipo. Siento mucho orgullo; asumieron una emergencia real con disciplina y valentía, confirmando los altos estándares de calidad que tiene la UNEFM" , afirma.
Ante la urgencia de la catástrofe, el grupo de pasajeros se transformó en un equipo sanitario de élite que recorrió Boca de Aroa, Urama y Valencia atendiendo de forma itinerante crisis hipertensivas y descompensaciones. "Los conocí en un autobús y terminaron siendo mi equipo. Siento mucho orgullo; asumieron una emergencia real con disciplina y valentía, confirmando los altos estándares de calidad que tiene la UNEFM", afirma.

Al quedar varados en Valencia y pasar la noche en una estación de bomberos, el científico se transformó en mentor. De madrugada, dictó una clase magistral informal pero crucial sobre síndrome de aplastamiento, rabdomiólisis e hiperpotasemia. "Les expliqué que un paciente puede salir vivo de un derrumbe y morir después por el potasio liberado por el daño muscular si no se identifican a tiempo las complicaciones. Había que ordenar la cabeza con ciencia antes de entrar a la zona cero" .
De hamburguesería a quirófano: El milagro en La Guaira
Tras sortear rutas de transporte en Caracas y duras trabajos burocráticos con códigos de acceso, el equipo cargó cinco pesadas cajas de insumos, se unió a un contingente de 40 voluntarios universitarios y logró entrar a la zona cero en Caraballeda, estado La Guaira. Allí, ante el colapso absoluto de los hospitales locales, la medicina de emergencia en estado puro cobró vida en un espacio impensable.
El camino lo había abierto Moisés Fernández, un estudiante barquisimetano de último año de Medicina que logró que las autoridades le habilitaran un McDonald’s abandonado a cambio de protección policial contra los saqueos en la zona crítica. En ese local se estructuró un hospital de campaña sin precedentes: la barra de comida rápida se convirtió en farmacia, el comedor de la primera planta en quirófano de urgencias y el piso superior en zona de descanso para el personal.
Mientras ellos tres lideraban la organización voluntaria general en la entrada clasificando con precisión prioridades de vida o muerte, como deshidrataciones severas, hemorragias o signos de aplastamiento, el doctor Miguel Romero asumió la dirección clínica del triaje dentro del local, lugar donde tuvo que operar y dormir apenas dos horas al día junto al resto, en medio de la oscuridad..
Una de las imágenes más dramáticas de la tragedia ocurrida en una de las banquetes de la hamburguesería: a más de 40 grados de temperatura y en total oscuridad, Romero y dos enfermeras intervinieron con éxito a una mujer que había dado a luz sola en la calle y presentaba retención de placenta, guiándose únicamente con los flashes de los teléfonos celulares de los voluntarios.
El heroísmo frente a la contingencia
Afuera del local, el peligro y la necesidad eran aún más bestiales. Quienes presenciaron el despliegue de Romero recuerdan su figura eléctrica y enérgica, corriendo cada vez que se escuchaba el grito de "¡médico!" o "¡vivos!". Desafiando los protocolos de seguridad que prohíben al personal sanitario entrar a estructuras comprometidas, se equipó con un casco y se internó en los edificios colapsados ante el rumor de que había niños atrapados.
"Si me dicen que puede haber alguien vivo, me cuesta quedarme afuera. Entrar a ese edificio fue una decisión imprudente, sentí muchísimo miedo físico. El heroísmo real no es actuar sin pensar; debe estar guiado por la responsabilidad y el criterio" confiesa el cirujano, quien trabajó codo a codo en escenas dantescas junto a brigadas internacionales de Suiza y Alemania.
La capacidad de responder con rapidez también quedó reflejada en Caraballeda, cuando Romero operó en plena calle a un militar con un lipoma abscedado. En ese momento, las ambulancias estaban saturadas y todavía no se había habilitado el McDonald’s como hospital de campaña, por lo que realizó allí mismo el drenaje y la limpieza de la lesión. La escena, registrada en vídeo, muestra cómo la experiencia médica, la adaptación al entorno y la toma de decisiones inmediatas pueden resultar determinantes en medio del colapso.
Hoy, de regreso a sus ocupaciones, el testimonio de este orgullo falconiano demuestra el verdadero espíritu de su investigación. La inteligencia que Miguel Romero mide en su prueba MinervaC1 no es la de un escritorio controlado; es la resiliencia, el criterio bajo presión y la altura humana de quienes, en la frontera entre la vida y la muerte, decidieron salvar vidas entre los escombros.
Arelys Munda
Noticia Al Día
