Por Isaac Rubio, periodista, conferencista y docente zuliano
Históricamente, los zulianos hemos tenido una relación casi mística con nuestro entorno. Crecer en el Zulia implica aceptar que el calor no es solo un dato del clima, sino un estado de ánimo; que el Lago es un testigo mudo de todo lo que somos y que la ciudad se mide en la intensidad de su luz.
Por eso, cuando la crisis obligó a cientos de miles de maracuchos a armar maletas y dispersarse por el planeta, la pregunta quedó flotando en el aire del aeropuerto: ¿se puede seguir siendo zuliano sin los cuarenta grados que hacen sudar “la gota gorda”?
La respuesta corta que puedo dar es sí. Pero la respuesta larga, la que se vive en las calles de Santiago de Chile, donde la población venezolana es muy predominante al punto de llamarla “Chilezuela”, de Madrid, Lima o Buenos Aires, es mucho más hermosa: la ‘maracuchidad’ mutó para convertirse en un pasaporte emocional que no vence.
La diáspora transformó lo que antes era cotidiano en un ritual de resistencia cultural. El ejemplo más claro está en la mesa. Hoy en día, conseguir un plátano verde en Viña del Mar o en Ottawa, según me cuentan mis amigos, ya no es una misión imposible, se ha vuelto un motor económico local.
El patacón dejó de ser la cena rápida de un viernes en la calle del hambre de Cecilio Acosta o de Indio Mara para transformarse en un espacio de encuentro. Al freír el plátano y aplastarlo en una cocina extranjera, el maracucho no solo prepara comida: está reclamando un pedazo de su identidad, de su ADN ‘maracuchístico’.
Lo mismo ocurre con el lenguaje, mi especialidad académica después del periodismo. El voseo y ese acento cantado, rápido y omitiendo algunas “s”, suelen ser imanes en cualquier lugar. Al principio, muchos intentan suavizarlo para encajar en sus nuevos trabajos, pero basta un encuentro fortuito con otro maracucho en el metro de alguna capital europea para que el “¿Qué me contáis, mija?” retumbe con el mismo orgullo de siempre.
El acento no se perdió; se volvió un código secreto de hermandad ante posibles actos de xenofobia.
Y luego está la música. La gaita ya no espera a noviembre ni a la bajada de la Virgen. Ahora se escucha en pleno julio bajo el sol de Florida o rompiendo el silencio de un invierno canadiense.
La gaita se convirtió en el himno de la nostalgia, una herramienta para explicarle a los hijos nacidos fuera de dónde vienen sus padres y lo que estos añoran.
Ser zuliano lejos de Maracaibo ha obligado a la diáspora a entender que la identidad no depende de un espacio geográfico. Claro que se extraña el cepillado de ‘Chucho’ Ríos, las camisas empapadas en sudor al caminar por el centro, las agüitas de sapo y el relámpago del Catatumbo cruzando el cielo nocturno. Pero la esencia permanece intacta porque la ‘maracuchidad’ siempre fue una forma de interpretar la vida.
Un chiste rápido que transforma la tragedia, unos “buenos días” al entrar a un ascensor y el orgullo de ser de este terruño son escudos protectores contra la soledad del maracucho migrante.
El Zulia global es una realidad. Hoy el Puente sobre el Lago no mide solo ocho kilómetros; mide miles de leguas y cruza océanos. Se puede ser profundamente zuliano sintiendo frío en los huesos, porque al final, el verdadero calor del maracucho nunca vino del sol, sino de su gente.